Ciclorruta La Picacha, Medellín – Colombia. Foto: @sebasvelasquezg

Aunque son múltiples los retos que en términos de movilidad enfrentan las ciudades en vía de desarrollo, el más grande es superar la suficiente ilustración de lo que hay que hacer y pasar a la real implementación.

Si bien se pueden tener distintos puntos de vista en las formas, el fondo de cómo debe evolucionar el sistema de movilidad de una ciudad está más que claro: reducir viajes innecesarios, incrementar la cantidad de viajes en modos sostenibles (transporte público, caminata y bicicleta) e incorporar mejores tecnologías, siguiendo el modelo Evitar – Cambiar – Mejorar (o ASI por sus siglas en ingles). Asimismo, la ineludible tarea de restringir o desincentivar el uso del vehículo particular, independientemente de la estrategia a utilizar, es una necesidad complementaria de este modelo.

El consenso a nivel mundial alrededor de estos elementos es casi unánime dentro la comunidad conocedora sobre desarrollo urbano, siendo estas aproximaciones retomadas frecuentemente dentro de las acciones para el cumplimiento de la agenda de Naciones Unidas al 2030: los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y las metas del Acuerdo de Paris sobre Cambio Climático. No es fortuito entonces que los recursos de cooperación internacional y de fondos sostenibles, como el Fondo Verde del Clima, se estén priorizando para proyectos de movilidad que favorecen la movilidad activa y el transporte público.

A pesar de la claridad conceptual sobre lo que hay que hacer y al interés de organismos internacionales en apoyar iniciativas de transporte sostenible, la implementación de estos es realmente pobre, por lo menos en el caso colombiano. Hace más de 10 años que se inició la estructuración de los Sistemas Estratégicos de Transporte Público (SETP) como medida para modernizar el transporte colectivo en las ciudades intermedias, teniendo hasta el momento que ninguno de los ocho sistemas ha iniciado operación. Por otro lado, en un país de más de 1.100 municipios y donde la bicicleta es un modo de transporte fundamental para los usuarios de menos ingresos, tan solo existe un sistema de bicicletas públicas consolidado (Medellín con EnCicla) y donde la capital Bogotá, con cerca de 8 millones de habitantes, ha fracaso reiteradamente en su intento de montar proyectos de este tipo (y ni hablar de sus intentos por tener un metro).

Muchos otros ejemplos podrían relacionarse acá y también podríamos expandirnos por mucho tiempo analizando las causas por las cuales no se avanza en la implementación de los proyectos. Sin embargo, mi intención con este artículo es hacer un llamado a salirnos del círculo vicioso en el que hemos caído, donde una buena cantidad de esfuerzos y recursos los estamos enfocando en ‘ilustrar’ a otros para que compartan la visión de la movilidad urbana sostenible. Bienvenidos todos los ejercicios de educación de la sociedad, las campañas de sensibilización de actores y los espacios de debate sobre este tema tan importante para la comunidad. Pero si al final del día lo único que tenemos para mostrar son memorias de foros y seminarios, listados de personas ‘intervenidas` y renders y planos sobre cómo podría quedar una zona con cierto proyecto, es evidente que la gestión que se está haciendo no es la adecuada.

Está claro que existen dos retos muy importantes a superar para poder avanzar en la implementación y operación de los proyectos: garantizar su debida financiación y contrarrestar la resistencia de distintos actores sociales. En este sentido, debemos avanzar en la generación de estrategias innovadoras, efectivas y ágiles, para asegurar que ambos temas se superen de forma eficaz y rápida, mitigando el riesgo de dilatación de los proyectos. No podemos creer que tan solo ‘evangelizando’, por ejemplo, sobre la conveniencia de tomar el espacio de los carriles vehiculares para poder expandir las redes de ciclorrutas o los carriles exclusivos para los buses, vamos a avanzar satisfactoriamente en su implementación. ¿Existen formas prácticas y efectivas para demostrar el beneficio de una intervención sin tener que casarnos en una acalorada y desgastante discusión por redes sociales? Yo creería que sí.

A través de los siglos se insinuó por parte de reconocidos filósofos que la tierra era redonda; otros que era plana. También se tuvo por muchos años la discusión sobre si el sol giraba alrededor de la tierra o si era al revés; en ambas confrontaciones se plasmaron duramente argumentos en un sentido o en el otro. Al final todo se decantó hacia las verdades que hoy conocemos, gracias a la utilización de elementos demostrativos que lo confirmaban. ¿Podríamos hacer lo mismo para darle un mayor impulso a los proyectos de movilidad sostenible? ¡Seguro que sí! Tal vez no convenzamos a todos (aún existen miles de personas que creen que la tierra es plana), pero ante la evidencia de los resultados, difícilmente se podrá seguir poniendo en duda la pertinencia de los proyectos y se podrá forjar un consenso más satisfactorio al respecto.

Declaremos hoy la suficiente ilustración sobre lo que se podría hacer y enfoquémonos en pensar cómo lo podemos hacer; mejor y más ágil. Pongámonos en acción, movámonos por la movilidad urbana.

PD1: no hemos solucionado lo básico en términos de movilidad y ya tenemos encima los nuevos retos que el avance tecnológico nos trae, como la micromovilidad y la movilidad como servicio (MaaS). Atajemos la bola de nieve antes de que no podamos con ella.

PD2: es cierto que no propongo soluciones en este artículo; tengo ideas pero no muy desarrolladas. Podemos construirlas conjuntamente, así que por acá quedo disponible para quien se interese.